viernes, 18 de marzo de 2011

Un Nuevo Mundo


Colo-Colo  y Santos disputaron la noche del miércoles un entretenido encuentro correspondiente a la tercera jornada de la fase de grupos de la Copa Libertadores. Ganó El Colo 3-2, consiguiendo así su primera victoria como local ante un equipo brasileño tras catorce años de sequía. Me habían hablado muy bien del fútbol que se desplegaba en los mejores campos latinoamericanos, así como de las imperdibles retransmisiones que ofrecía Gol Televisión con Nico Nardini y el Coco Nazar, sin embargo, lo que ayer retuvo mi sueño fue la ilusión por descubrir al Santos y a dos de sus jugadores: Paulo Henrique Ganso y Neymar da Silva.

Eran las dos de la noche y el balón comenzaba a rodar en un Monumental lleno hasta la bandera. Ese ambiente incomparable se contraponía a mi miedo inicial a lo desconocido, a ese fútbol que sólo había visto de manera residual y del que temía que su bajo ritmo se acabara imponiendo a mi café. Pronto se disiparon las dudas y empecé a disfrutar de un espectáculo al que no le faltaba de nada. Sin tiempo para colocar a los jugadores sobre el campo, apareció Elano, de vuelta en su club de origen, y metió un gol desde casi cuarenta metros donde el portero falló calamitosamente. En cambio, el 0-1 envalentonó a Colo-Colo que se fue decidido a por el empate. En los cuarenta minutos que siguieron al gol de Elano, el Cacique ridiculizó a la defensa paulista, en especial por los movimientos de los tres atacantes del conjunto del Tolo Gallego: Jorquera, Paredes y Miralles. Este último se erigió en el gran protagonista, primero iniciando con un magnífico pase el gol del empate de Paredes y después anotando el segundo. Santos quedaba retratado como un equipo muy partido, mal trabajado (su técnico es un interino), incapaz de sostener en defensa todo lo que podría llegar a generar en ataque. Llegó el 3-1, obra del capitán Scotti, y el delirio era incontenible en el estadio santiaguino. Antes del descanso entró en el conjunto brasileño Rodrigo Possebon, antiguo mediocentro del Manchester United, diluido desde su lesión en 2008 durante un partido de Carling Cup. Muchos reds soñaron con que alguna vez éste sería el mediocentro creativo que hoy tanto echa en falta el equipo de Ferguson, pero el camino de Rodrigo parece que ya nunca será el de la excelencia pese a contar todavía con sólo 22 años.



La segunda parte fue muy diferente, con un Santos dominador, jugando desde el principio en campo contrario; era el momento de P.H. Ganso y Neymar. El primero, de 21 años, debutaba en Copa Libertadores tras pasar los últimos siete meses lesionado, por lo que su ritmo siempre fue inferior a lo que requería el partido. Sin embargo, sí dio muestras de su excepcional habilidad en el último pase; si Ganso tiene el balón en la posición del trequartista es letal porque conoce el juego y todos sus misterios. A ese talento para descubrir huecos donde otros sólo ven piernas rivales, suma una técnica envidiable, cuyo rasgo más característico quizá sea la calidad con la que pisa el balón para eludir al contrario. A los tres minutos de la reanudación, Ganso recuperó un balón y sirvió con el exterior de su zurda para que Neymar encarase a Castillo y anotase el segundo de su equipo. Este delantero de 19 años vive en la Luna, pero tiene todas las condiciones para que si un día decide bajar a este mundo, lo ponga a sus pies. Capaz de acaparar a tres jugadores del equipo chileno cada vez que cogía el balón, su mérito residía en la agilidad sorprendente con la que se iba de ellos. Su técnica es extraordinaria, con un primer paso brutal y una capacidad para regatear al portero sublime. Maravilló en el último Sudamericano Sub-20 y antes de ayer hizo enmudecer durante varios minutos a la hinchada del Monumental, tan temerosa de los pies de Neymar como de las manos de su arquero. Colo-Colo se encontró muy pronto con el 3-2, pero supo sufrir (imperdibles las imágenes del Tolo Gallego en la banda) y terminó el partido en campo paulista, mereciendo el cuarto gol ante un equipo que con el paso de los minutos ya sólo se sostenía por Neymar, apareciendo en los dos flancos del ataque, y Danilo, lateral diestro muy interesante. 

Finalmente se consumó la derrota del Peixe, que se queda con dos puntos tras la primera vuelta de la competición. Colo-Colo, justo vencedor, se aúpa al primer lugar del grupo 5 con seis puntos. El próximo partido entre ellos (el 6 de abril) se presenta como una final para el Santos: Vila Belmiro dictará si el equipo paulista está preparado para pelear por el título continental. En cualquier caso, ambos conjuntos nos brindaron una gran noche de un fútbol diferente al europeo, donde prima más el balón y la verticalidad que la intensidad y la ocupación de los espacios. Sin embargo, anoche ganó el equipo que reunía más cualidades del segundo tipo. Así es este deporte; a veces tan delicado como Ganso, otras tan irreverente como Neymar, pero siempre, en cualquier rincón del planeta, enormemente competitivo como Miralles.

jueves, 17 de febrero de 2011

Asociación

La Copa de Europa se creó para partidos como el de ayer entre Arsenal y Barcelona. Disputado de poder a poder, con el mediocampo como parte esencial del juego y con un resultado que hace prever un partido de vuelta muy parecido. El Arsenal de Wenger venció 2-1, dejando al Barça con muchas opciones de pasar en su estadio, pero mostrando al gran público europeo que esta nueva creación del francés empieza a cuajar: el equipo suma a su talento la competitividad y la madurez que tantas veces echó en falta.
Los inicios del encuentro no se parecieron a lo acontecido el año pasado en los cuartos de final, cuando el Barça escribió la mejor poesía de la historia reciente del fútbol. Esta vez el Arsenal salió con mucho ímpetu, con ganas de presionar al mediocampo del FC Barcelona y con el deseo de disputarle la posesión. La titularidad de Nasri, recién recuperado de una lesión, respondía a esa misma querencia del entrenador alsaciano. El mérito estuvo en que lo consiguió, teniendo al Barça corriendo detrás del balón, incluso llegando a la meta contraria. La ocasión más clara vino cuando Fábregas controló en la frontal y levantó la mirada y el pie para dejar solo a Van Persie frente a Víctor Valdés, quien repelió el disparo del holandés con eficacia. Tras los primeros quince minutos, el Barcelona empezó a adueñarse de la situación, con posesiones largas y deliciosas combinaciones. En una de ellas, seguramente en la primera acción desequilibrante de los culés, llegó la ocasión que resumiría el partido: Messi recibió en el centro del campo, sirvió para Villa y éste se la devolvió dejándole solo frente a Szczeny. Enmudeció el Emirates, Leo encaró y en un amago digno del ya añorado Ronaldo tumbó al polaco, pero la posterior vaselina no fue la mejor y el balón se fue desviado. En la zona de los banquillos, Guardiola observaba de pie la inmejorable ocasión que se le presentaba a su equipo, primero con una sonrisa, luego con los brazos en alto y, después, con un gesto entre la sorpresa y la frustración.
En cualquier caso, esa jugada devolvió al Arsenal pasadas, que no lejanas, dudas, mientras que los catalanes entendieron que la defensa adelantada de los gunners era una puerta abierta hacia los cuartos. Así, pocos minutos después de la ocasión de Messi, Villa anotaría el 0-1, reforzando la autoridad del Barça en el partido. Sin embargo, esa defensa del Arsenal era necesaria para que pudiese resultar efectiva la presión de sus centrocampistas, los cuales jugaron con una movilidad digna de ver, porque de no haberla adelantado el equipo estaría partido y el Barcelona tendría todos los espacios entre la defensa y el centro del campo inglés. Los de Wenger necesitaban jugar juntos y lejos de Szczeny. En los mejores minutos del Barça, estos pudieron sentenciar la eliminatoria con un gol anulado a Messi o con alguna otra ocasión de peligro, pero el 0-2 no llegó. La segunda parte no fue tan continua, de un ritmo inferior, pero, pese a otra gran salida del Arsenal, el Barça tuvo otra vez la oportunidad de acabar con cualquier opción de los de rojo. No lo hizo y el culpable de ello no es otro que Leo Messi.



Posiblemente el mejor jugador que he visto jamás, una maravilla que lleva cinco años progresando sin parar, capaz de ser el mejor partiendo de la banda, de falso nueve, de mediapunta o escondiéndose entre los interiores azulgrana. Lo que genera, lo que significa Messi en un campo de fútbol, tiene poco parangón. Sin embargo, ayer el astro argentino privó a su equipo de llegar a la vuelta con un resultado muy distinto (esta frase es casi una falacia porque sin Messi el Barça es otro equipo totalmente diferente y, por supuesto, muy inferior). Lionel había perdonado una clara ocasión en el minuto quince, luego le habían anulado un gol y su actuación en suelo ingles volvía a saldarse con un cero en su cuenta particular. Tras el descanso intentó acabar con esa racha, pero lo hizo en perjuicio de su propio equipo, obcecándose en su gol personal, olvidando que el fútbol es, ante todo, asociación. No volvió a levantar la cabeza porque él ya no estaba en el Emirates. Leo Messi entró en un periodo de nostalgia que le devolvió a su niñez, a los campos rosarinos de tierra, donde no debió de pasar muchos balones a sus compañeros porque sabría que siempre, en ese caso, la mejor opción era regatear él mismo al rival. En el fútbol profesional, y más en el Barça, la gambeta es un buen recurso, pero el pase es la manera de respirar, de vivir, de jugar y, por supuesto, de ganar. Asociándose y no regateando Messi se ha convertido en el futbolista total que es hoy en día.
En los últimos quince minutos, tras ver que las acciones individuales tampoco le servían esa noche para marcar, Leo desconectó por completo, dando paso en su ser a una melancolía extrema. Se convirtió en una isla, dejó de presionar, dejó de buscar el balón tanto al pie como al espacio. Ya no estaba en Rosario con sus amigos; se encontraba solo ante sesenta mil personas deseando que aquel balón que le proporcionó Villa volviese a rodar hacia sus pies. El Barça había perdido el rumbo porque su faro ya no le iluminaba, es decir, Guardiola no fue el desencadenante de la remontada final de los londinenses con el cambio de Villa por Keita (sí le achaco, por contra, la nula reacción tras el 2-1). El equipo sabía que había perdonado la vida a los ingleses y que su mejor jugador había abandonado la partida, por lo que los locales, en idéntica estampida que la del año pasado, lograron dos goles y colocar la balanza de los octavos a su favor. No obstante, se debe valorar la actuación del Arsenal, que nunca perdió la cara al partido, que siempre llegó al área rival, que defendió bien y atacó mejor. Sabiendo que el rival ha mejorado considerablemente con respecto al año pasado (y que no contará con tantas bajas en el Camp Nou como en 2010), Pep Guardiola y su cuerpo técnico tienen veinte días para recuperar a su equipo anímica y físicamente, pero la clave volverá a ser Leo. Si éste es feliz, Guardiola sonríe y el Barça gana.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Talento

Hay dos tipos de talento: uno deriva de la inteligencia, de la capacidad de entendimiento, y otro proviene de la aptitud, de la capacidad que uno tiene para desarrollar una actividad. Cuando se logran combinar ambas cualidades salen a la luz genios como Shakespeare, Mozart o Zinedine Zidane. Sí, el marsellés tenía todo el talento posible para hacer lo que quisiese con una pelota en los pies. Pero, sobre todo, sabía en qué momento debía hacer cada movimiento, cada regate, cada pase, cada disparo; por eso dominaba los partidos de manera imperial. Entendía el juego y jugaba como nadie. Xavier Hernández puede ser otro ejemplo. Él ve el hueco, al compañero, al rival, pero, además, tiene la capacidad para poner el balón donde lo imagina. Ambos jugadores han marcado una época, pero siguen siendo casos extraordinarios. Seguramente en su excepcionalidad resida la belleza de sus acciones, pero hoy no hablaré de ellos, sino de un jugador que sólo ha desarrollado el segundo tipo de talento.

El futbolista en cuestión viajaba los miércoles de Champions de Toulouse a Madrid para disfrutar en la tribuna del Santiago Bernabéu de su ídolo, Zizou, y en su vuelta a Francia soñaba con emularle en el entrenamiento del día siguiente. Era Achille Emana, que acabaría recalando en el deprimido y depresivo Betis durante el verano de 2008. Jugador muy técnico, potente, vertical. Nunca lo podríamos catalogar como interior por sus pésimos conceptos defensivos, pero sí estamos hablando por condiciones de un mediapunta o segundo delantero de primer nivel, pero es evidente que no lo es. ¿Por qué? El mejor ejemplo es el partido de ayer entre el Real Betis y el filial del FC Barcelona. El conjunto verdiblanco manejaba el partido a su antojo, estaba siendo infinitamente superior a su rival, el cual no hacía bien su balance defensivo, perdía balones rápidamente y no terminaba de ir a la presión, por lo que el Betis llegaba muy fácil al área contraria. En esa superioridad destacaba por encima de todos el mismo de siempre, Emana, ya que física y técnicamente se estaba comiendo a los cachorros de La Masía, pero él y su equipo se fueron al descanso con una ventaja mínima de 1-0. La razón de este resultado no la encontramos en la actuación de Masip ni de su defensa, sino en la nula capacidad resolutiva del ataque bético y, en especial, del camerunés. En vez de optar por lo sencillo, por lo útil, por batir al portero de la manera más académica, Emana se obcecó en tirar de repertorio, buscando usar el toque de rabona tanto para tirar a puerta como para pasar a sus compañeros, en darle con el exterior del pie cuando lo fácil era tocarla con el interior… Y cuanto más lo intentaba, más fallaba, por lo que volvía a intentarlo. La pescadilla que se mordía la cola, el equipo y el público confundidos y ni poniéndose 2-0 arriba se logró sacar los tres puntos. No busco crucificar a Emana por un partido, pero es que esto es lo habitual; tiene el talento suficiente para en ocasiones aplaudirle a rabiar, pero, a la vez, no tiene la capacidad de entender el juego que tenía su idolatrado Zidane o tienen Xavi y Mesut Özil. Por eso desperdicia ocasiones que cree que no importan, sólo quiere el gol del día, el pase delicioso, sin entender que lo que te pide tu delantero es un pase sencillo al hueco. Es un talento mutilado porque sólo cuenta con los pies, obviando la parte más fría de su cerebro.




Sin embargo, no toda la culpa recae sobre el africano. Desde hace algunas semanas al equipo se le ve más autocomplaciente, menos agresivo y, por ende, jugando mucho peor al fútbol. Ahí está uno de los peligros de este magnífico comienzo de curso, la excesiva confianza, pero hay más: los suplentes para el mediocampo (Juande, Arzu y Cañas) bajan su nivel alarmantemente. Además, el lunes próximo el club vivirá un nuevo vaivén con una Junta Extraordinaria donde Rafael Gordillo se hará cargo del club, con la esperanza puesta en que acabe con los mafiosos que han rodeado al Betis en los últimos años. Aún así, el equipo sigue siendo el mejor de la categoría, cuestión que ha refrendado con resultados. En esta entrada me hubiera gustado ahondar en esta nueva plantilla de Pepe Mel (al madrileño ya se le adora), en sus carencias y, por supuesto, en sus mayoritarias virtudes. Queda pendiente hablar de Dorado, un central como no había visto el beticismo en muchos años, de Salva Sevilla, cada día más importante el genial mediapunta ex Salamanca, de Rubén Castro, quizá en el mejor momento de su carrera y en quien nunca confié. O de Beñat, mi debilidad, un mediocentro con recorrido, con un desplazamiento en largo fabuloso, con gran disparo desde fuera del área; toque e inteligencia en el centro del campo para acompañar a Iriney, líder y pulmón de este siempre tan bendito como maldito Betis.

viernes, 27 de noviembre de 2009

De Canadá a Milán

Si una mañana al levantarme y poner la radio, ésta empieza a soltar que en Saturno, sexto planeta del sistema solar, no sólo han encontrado vida, sino que hay todo un país formado, antes de cualquier valoración racional, lo primero que me vendría a la mente sería Canadá. ¿Por qué? Siempre he tenido la extraña sensación de que este país se encuentra muy lejano, al margen, invisible de alguna manera a todos nosotros. Sus curiosidades, que las tiene, nos podrían acercar a él. Aunque igual sucede todo lo contrario. Canadá es el segundo país más grande de la Tierra y sangra el 50% del agua dulce del planeta, su territorio fue colonizado en principio por los franceses, desde Quebec, para ser luego re-colonizado por los británicos. Consiguieron la independencia del Imperio de forma pacífica, pero siguen teniendo de reina a una inglesa, Isabel II, y difícilmente alguien sepa responder a la pregunta de si los canadienses estuvieron en las guerras mundiales. Sus parajes naturales dicen que son únicos, su calidad de vida es alta y su poder tecnológico enorme. Pese a ello, su imagen siempre nos ha venido deformada por la ridiculización constante de la cultura popular estadounidense para con los canadienses.

Pero en el verano de 2007, durante unos pocos días, Canadá nos llegó a través de la televisión por el evento social más importante de nuestro mundo europeo: el fútbol. Por primera vez, el país albergaba una Copa Mundial, el Sub-20. En este torneo se consagró Sergio Agüero, acompañado en aquella selección campeona por el actual lateral izquierdo del Liverpool Emiliano Insúa, Mauro Zárate, Di María y Ever Banega, entre otros. España contaba con Piqué, Capel o Mata. Estaba una de las revelaciones del panorama europeo actual, como el chileno Alexis Sánchez, también Gio Dos Santos o Jozy Altidore, que cuajaron un Mundial estupendo. Brasil no brilló en absoluto, sufrió en la fase de grupos, pasó como uno de los mejores terceros y acabó eliminada en octavos por España. Me dispuse a ver ese partido. Césped artificial, realización televisiva con un tono apagado y un chico al que seguir. Delantero de Internacional de Porto Alegre, campeón del Mundialito de clubs 2006 y mejor jugador del Sudamericano sub-20 disputado a principios de ese mismo año. Sin una altura espectacular y con un físico todavía sin formar, su primera acción se me quedó grabada a fuego. Centro tocado desde la izquierda al corazón del área, búsqueda del espacio y remate de cabeza con una técnica brutal. Giró la cabeza 180 grados y colocó el balón en la escuadra derecha. Esa sola acción valía mi tiempo y la de los pocos canadienses que se dieron el gusto de ver aquel partido. Era Alexandre Pato, tenía 17 años y sus maneras ya eran de genio. Luego un eslalon impresionante desde el centro del campo; quiebros, velocidad, potencia. España remontó y les eliminó en la prórroga. Sabía que no era la última vez que lo veía, pero un mes más tarde tuve la certeza de ello. El AC Milan lo había fichado.




Desde que llegó a Lombardia no ha dejado de crecer. Heredó el 7 de Shevchenko, pero nunca le ha pesado la responsabilidad. Sus registros goleadores aumentan cada temporada y su peso en el equipo, a día de hoy, es insuperable. Puede jugar de punta único, acompañando a un nueve más puro o incluso saliendo desde una banda de falso extremo, donde últimamente lo está poniendo Leonardo. Pero siempre con libertad. Muchísima velocidad combinada con una potencia sorprendente, lo que le permite salir de un regate e iniciar la carrera con mucha ventaja. Su descaro a la hora de probar cosas nuevas le hacen un jugador muy imprevisible, difícil de controlar para las defensas rivales. Gran definidor, intenta buscar en cada remate el ángulo imposible para el portero. Con un talento para este deporte ilimitado, le hacen ahora mismo ser uno de los delanteros con mayor presente y futuro del mundo. Y a ese talento y a su desparpajo hay que recurrir para entender su rápido acoplamiento a Europa, a una liga tan difícil como la Serie A y a un club tan empequeñecido y aviejado. En los últimos partidos, Leonardo está saliendo con un 4-3-3, siendo los tres delanteros Ronaldinho-Borriello-Pato. Los dos brasileños escorados a las bandas están formando una sólida relación que está fructificando, también con una aportación sorprendente de Borriello, clave en los últimos partidos del Milan. Así los vimos contra el Real Madrid y en ambos partidos Pato fue un auténtico huracán incontenible, capaz de crear peligro en cualquier acción, de inventar. También en Serie A los rossoneri están empleando este esquema. En la última victoria por 4-3 ante el Cagliari vimos a un Ronaldinho que buscaba siempre a Pato, éste apareciendo por todos los lados y Borriello siendo partícipe de los cuatro goles. Leonardo puede haber dado con la tecla, aunque su defensa sigue siendo su verdadero talón de Aquiles.

El club más laureado de Italia en títulos continentales, vive asentado en la crisis, por mucho que ahora estén en su mejor momento de juego y resultados de la temporada. Se sabe y se convive con ello. La época dorada acabó, el plan de rejuvenecimiento está siendo muy complicado y sus dirigentes con Berlusconi a la cabeza están siendo cuestionados. Dicen que no hay dinero. Este verano se han ido Kaká y Maldini; Seedorf, Pirlo o Nesta están en plena cuesta abajo, Ronaldinho, pese a su indudable calidad que sigue dando partidos, nunca será el que un día llegó a ser y los fichajes de los últimos tiempos no terminan de cuajar o simplemente no se entienden. Con todo esto, Pato emerge como el clavo al que debe agarrarse cualquier milanista. No sólo es el presente, sino que todo el futuro de la entidad depende de este jugador, en torno al siete brasileño debe formarse un equipo de nuevo campeón. Lo merece tanto el club como el futbolista, ya que ambos nacieron para la gloria. No se conformarán con menos.

jueves, 19 de febrero de 2009

El carro de los Diablos Rojos

El Manchester United recibió anoche al Fulham en el primero de los tres partidos que deberá afrontar en una semana de máxima exigencia. El encuentro ante los cottagers era un duelo que tenían pendiente desde las primeras jornadas de la competición inglesa, debido a los extraordinarios compromisos que está teniendo esta temporada el conjunto red. El resultado fue un claro 3-0. El sábado, de nuevo en Old Trafford, recibirán al Blackburn Rovers, mientras que el martes llegará el plato fuerte con el enfrentamiento de Copa de Europa ante el Inter de Jose Mourinho. La Premier se empezó a sentenciar ayer; ahora es el turno de confimarla y tocar, para luego hundir, a los milaneses en el duelo estrella de los octavos de la Champions.

El Trafford, ayer miércoles, se volvió a vestir con sus mejores galas, aunque nunca imaginó un baile tan simétrico, tan armonioso, tan irrefrenable. Paul Scholes fue el protagonista, el rey de la noche, llenó la pista como sólo él sabe hacer; realizando pases de treinta metros de lado a lado, participando en combinaciones precisas al borde del área, trazando unas líneas que encierran al rival, que lo asfixia, que lo enloquece porque no sabe a dónde irá a parar el próximo toque sutil del genio de Salford. Y todo en silencio. Silent Hero. Así vive el mejor Manchester United, así mueren todos sus rivales. Lo preocupante, no para el Manchester, es que sus contrarios empiezan a rendirse antes de empezar. El técnico del Fulham, Roy Hodgson, hablaba antes del partido de la imposibilidad de vencer al United. ‘En fútbol, a veces, existen los milagros’. Cuestión divina. No es para menos, en Inglaterra el United ha recibido este sobrenombre: ‘The Juggernaut keeps rolling on’. El carro imparable de los dioses, que sólo puede dirigir Sir Alex y el destino. Juggernaut es una anglificación de uno de los nombres de un dios hindú. Significa ‘fuerza irrefrenable que en su avance aplasta o destruye todo lo que se interponga en su camino’. Es difícil encontrar unas palabras que definan mejor lo que es a día de hoy este equipo. Desde el 8 de noviembre no pierde, desde ese mismo día, nadie en liga inglesa le ha hecho un gol. Queda muy lejos ese tanto de Nasri, esos puntos de desventaja respecto a Liverpool y Chelsea. Hoy, el bueno de Edwin lleva más de mil trescientos minutos imbatido, y ya son cinco los puntos que separan a United y Liverpool y diez los que hay entre el líder y Chelsea. Divinidad. Éste es un carro imparable, inalcanzable, tirado por once hombres y al cual se arrojan otros once enfrentamiento tras enfrentamiento, esperando que se les perdone la vida, aunque casi nunca ocurra. Fe. Eso es lo que queda cuando hay una fuerza tan superior delante, que la muerte sea suave, por la mínima. Miedo. Que ocurra lo que sea menos que salga la verdadera vena Red Devil y la palabra piedad sea eliminada del diccionario mancunian.



Con todo, este partido nos dejó otras conclusiones. Sir Alex, probablemente, ha construido el mejor Manchester United de la historia y lo ha hecho con la base del equipo que le dio la segunda Copa de Europa al club. Gary Neville sigue siendo un lateral cumplidor y un líder dentro y fuera del campo; Scholes nos suele hacer olvidar su edad, demostrando que la calidad no entiende de años; Giggs, lo mismo. Cuando su velocidad ha bajado, Ferguson lo ha puesto en el centro y el galés sigue siendo un jugador estratosférico. Los Fergie Boys siguen ahí, más de diez años después de abrazar la gloria, ahora con Cristiano Ronaldo, Berbatov o Vidic, pero continúan siendo los que tienen mayor capacidad de emocionar al Teatro de los Sueños. Hoy, a las órdenes del Sir, una vez más, forman el mejor equipo del mundo. Por si fuera poco, ayer regresó Wayne Rooney, el cual, tardó menos de dos minutos en anotar un gol. Y como me refería anteriormente, Van der Sar sigue haciendo historia. Cierto que la solidez defensiva alcanzada es tremenda, pero él será quien pase a la historia. Nadie confiaba en él, excepto Ferguson. Siempre él. Hoy está a un partido de superar el record europeo de imbatibilidad. Cuando todo es tan perfecto, cuando las cosas marchan tan bien, lo normal es temblar, que el miedo se funda con la confianza y que la caída esté más próxima que nuevas ascensiones. Cierto. Pero conviene no olvidar que este United ha traspasado el grado humano. ¿Temen? Juggernaut no lo hizo nunca. Ahora menos, los que tiran de él son los Red Devils.